Cuando llegó la inteligencia artificial, también aparecieron dos tipos de personas. Están quienes la usan para impulsar su manera de pensar, corregir un texto, mejorar una redacción o apoyarse en una investigación más profunda. Luego están los que piden un resultado a la IA, copian, pegan y con eso dan por terminado el pendiente. Pues esas segundas personas se las van a ver un poco más negras; Claude ya tiene una idea para el futuro: ponerles marca de agua a los textos que genera. La razón principal es cumplir con las nuevas reglas de transparencia de la Unión Europea.
Acá viene lo intenso, pues deja de ser el clásico banner "hecho con inteligencia artificial" para convertirse, según Anthropic, en un código invisible que acompaña al texto. La compañía declara que sobreviviría ediciones y también sería capaz de permanecer cuando lo copies y pegues en otras plataformas. También trabajan en herramientas para que terceros ya puedan detectar el código invisible.
Entraríamos de nuevo en el debate: usar inteligencia artificial no es malo. Lo gacho es que disfracen trabajo de la máquina como una creación propia.
La gente que mencionaba al principio, esa que toma el contenido, lo edita, mete sus propias palabras y termina incorporando su redacción, no tendría mayor problema. El asunto se complica para quienes viven del Ctrl+C y Ctrl+V, porque ellos sí se fregaron. Principalmente porque Anthropic todavía no ha explicado públicamente cuánto tendrías que modificar un texto generado por IA para que esa marca de agua deje de ser detectable. Copiar y pegar ya no sería tan invisible como hasta ahora.
Ahora viene lo sabroso: Anthropic no quiere detenerse sólo en los textos. También busca llevar este tipo de identificación a imágenes y videos mediante C2PA, un estándar que permite registrar de dónde viene un contenido y qué cambios ha tenido. Empresas como OpenAI, Google y Adobe también trabajan con este tipo de herramientas. Es como cuando llevas un coche al taller o a la verificación: a simple vista tú sólo ves el coche, pero detrás existe un historial que los técnicos pueden consultar para saber qué pasó, qué se modificó, etc.
Esto tampoco debe asustarnos como si fuera un VAR de fútbol. Los metadatos pueden perderse de una plataforma a otra y, si una imagen no tiene marca de agua, eso tampoco garantiza que sea real. Estas herramientas facilitarán la detección del contenido sintético. Será más sencillo saber si una imagen, video o archivo fue generado o modificado con IA.
Lo relevante no es la marca de agua, sino que poco a poco las empresas van a construir sus propios protocolos de defensa. Saber si un humano escribió cada palabra quizá hoy sea una chamba imposible; detectar si un robot participó podría volverse algo cotidiano. El truco no va a estar en aprender a ocultar que usamos inteligencia artificial, sino en aprender a usarla tan bien que no nos dé pena admitirlo.
Que la IA sea un bastón para apoyarnos, no algo que termine caminando por nosotros.
