Tal vez soy de una #generación rara. Todavía salí a jugar, hice deporte después de clases y leía libros por hobbie. Poco a poco, todo fue pasando a las #pantallas. No nos tocó estar completamente desconectados, porque llegaron los primeros celulares y el internet cuando aún éramos niños; tampoco teníamos al #algoritmo respirándonos en la nuca. quizá por eso es sencillo ver la diferencia.

En Reino Unido tomaron la medida de prohibirle #redessociales a los menores de 16 años. Plataformas como Facebook, TikTok, Instagram y YouTube no serán permitidas, de acuerdo con un anuncio del gobierno británico. La finalidad es no exponer a niños y adolescentes a contenido dañino ni a dinámicas creadas para retenerlos por horas. Esto empieza en la primavera de 2027. Se calcula que las plataformas empiecen a endurecer su verificación de edad.

Claro, suena radical. En especial los adolescentes alegarán que es muy injusto porque ahí viven sus amigos y su conexión con el mundo. En cierta forma es correcto; lo que no, es dejar de ver el internet como herramienta y empezar a quedar atrapado en micro-estímulos que lo único que quieren es que no te vayas —porque poco aportan—.

En mi niñez y adolescencia también tuve mi interacción con lo digital, mas no era tan empalagoso. Recuerdo que mis videojuegos exigían cierta coordinación, razonamiento lógico, resolver algo para pasar de nivel, aprender patrones. Simplemente el perder y volverlo a intentar. Ahora, el consumo digital cae en una repetitiva tendencia de deslizar un dedo y ver videos verticales. Se ven en segundos y se olvidan en segundos. No nos dejan nada. Lo peor es que nos pueden quitar horas en el día.

Esto ya se conoce como #brainrot (pudrición de cerebro) y podrá sonar exagerado. Sin embargo, describe ese proceso de ver videos que no necesariamente educan, pero no podemos soltar. No es meramente un mal diseño, sino el comportamiento tan similar al de un casino. Recompensa rápida y la falsa esperanza de que el siguiente video será el mejor de todos.

Si me preguntan a mí, estoy a favor de que se ponga un límite. El internet no es el enemigo, sino el perder la infancia y la capacidad de autocontrol cuando nos bombardean empresas millonarias. Puede ser el inicio de una alternativa saludable. Obvio, prohibir no va a resolverlo todo; siempre habrá posturas divididas y gente que debata si cruza la línea de la privacidad y la vigilancia.

La conversación, sin duda, es necesaria. No todo lo digital debe estar ahí al alcance desde la infancia. Como esos papás que dejan el iPad a los niños con tal de que no lloren. Al final, todo es negocio y todo es terreno para mandar anuncios como proyectiles. Nada más no lo hagan desde que el usuario tiene 10 años.